Una instalación interactiva cambia o responde a acciones del público, sensores, datos o reglas del sistema. La interacción puede ser física, sonora, visual o digital. Diseñarla implica pensar no solo en el objeto, sino en qué hace la persona, qué respuesta recibe y qué ocurre cuando varias personas participan.
Un modo simple de evaluar el concepto es definir qué debería percibir o poder hacer la persona y comprobarlo con una prueba. Si el efecto no mejora comprensión, interacción o experiencia, puede simplificarse.
El valor del concepto aparece cuando se conecta con una decisión de diseño o aprendizaje observable. Probar con usuarios, documentar resultados y ajustar el sistema suele aportar más información que aplicar una técnica solo porque está de moda.